MEDIAQUEST SA DE CV

INTRODUCCION

 

En una ocasión leí que hay libros escritos con la cabeza para impactar la inteligencia, y libros escritos con el alma para impactar al corazón.  “Mirando al cielo” es un relato histórico que toca el corazón y cuestiona la inteligencia, logrando que a través de cada una de sus páginas despertar nuestra conciencia al presentar la vida de un niño que nunca dudo del amor de Dios.

José Sánchez del Río, era un niño igual que muchos niños de su edad, le gustaban jugar en la calle con sus amigos y hasta una linda chica había despertado el sentimiento del primer amor.  Pero existía una gran diferencia entre Joselito y los demás…  él estaba a entregar su vida por Dios si alguien cuestionara su fe. 

Cuando escuche por primera vez el nombre de éste niño originario de un pequeño pueblo de la provincia de México, nunca  imagine que a seis años de haber comenzado la investigación de lo que sería un proyecto cinematográfico sobre su vida, me encuentro escribiendo esta introducción de lo que ahora se a transformado en una novela histórica; un libro que busca simplemente que el lector puede hacer un alto en el camino y preguntarse seriamente acerca de la pregunta más importante que debería hacerse toda persona acerca de su vida… ¿Que estoy haciendo yo para ganarme el cielo…?  

Esta historia que para muchos puede ser un relato entretenido y para otros una historia que tal vez los haga llorar, nos habla de la importancia de saber detenerse algunos momentos para mirar al cielo...

 

El Autor.

 

Capítulo I

Oscuridad en la mañana

México 1931.

Con los primeros rayos del sol, una máquina de ferrocarril escupe humo y silva insistentemente su llegada a una pequeña estación de la provincia de México.

Rafael Picazo un hombre maduro y de buen ver, se baja del primer vagón vistiendo gabardina oscura y sombrero tejano.   Después de caminar algunos pasos sobre el solitario andén,  escucha a sus espaldas una voz ronca que lo llama...

            —¡Rafael...!

Picazo da media vuelta y entrecierra los ojos buscando reconocer la misteriosa figura de un hombre que aparece entre el vapor de la maquina acercándose lentamente hacia él.  Aquel tipo de aspecto rudo y mal encarado, detiene su paso a pocos metros y saca una pistola descargando dos balazos en el vientre de Picazo… Don Rafael se desploma pesadamente hasta golpear el suelo…  con la mirada nublada y confusa puede ver como las botas de su agresor se acercan arrastrando las espuelas hasta detenerse frente a él...

­ —¡Nos vemos en el infierno Rafael...! ­—El sujeto escupe un salivazo sobre su victima, y dando media vuelta desparece entre el vapor de la maquina… de la misma forma en que había surgido.

 

 

Capítulo II

Una segunda oportunidad

Los incesantes manotazos que golpeaban el grueso portón de madera de la casa parroquial, despiertan un concierto de ladridos callejeros, rompiendo la tranquilidad de la noche.   

 

—¡Voy...  ya voy...!. 

Envuelto en un grueso sarape y cargando un tambaleante quinqué, el señor cura camina con paso apresurado proyectando su vacilante sombra sobre la pared de piedra de un estrecho patio que lo lleva a la entrada.

 

—¡Que ya voy…!

Al llegar al pesado portón de madera, introduce una llave de hierro que acciona un crujiente mecanismo permitiendo que la puerta seda pesadamente.  El cura ve frente a él a dos pequeñas monjas ataviadas con el hábito de las Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento, quienes lo miraban de forma suplicante...

—Padre, usted disculpará los modos y la hora, pero tiene que ir a confesar a mi hermano Rafael... 

El cura que bien conocía la reputación dudosa de aquel hombre, clava su mirada en ambas mujeres y pregunta con cierta incredulidad...

—¿Fue su hermano quien pidió la confesión...? —Las monjas se miran entre sí manifestando complicidad...

—Pues la verdad no padre… —contesta la mayor de las dos—  pero se está muriendo y usted lo tiene que ir a confesar... —El señor cura entrecierra los ojos recorriendo lentamente los rostros de aquellas monjas que lo miraban impacientes en espera de su respuesta…

 

—Esta bien, esta bien.  Esperen aquí un momento, no más me cambio y en seguida regreso.

 

Minutos más tarde las dos monjas seguidas por el señor cura, recorren las oscuras y empedradas calles del pueblo de Sahuayo, una pujante población de Michoacán que se encontraba a poco mas de un centenar de kilómetros de la ciudad de Guadalajara.

Al llegar frente a una casa refinada con fachada de cantera que se distinguía de entre las demás, las monjas se detienen y abren la puerta cruzando el umbral hacia un pequeño recibidor que se encontraba parcialmente oscuro… 

­­—Pase padre, pase usted por favor, que mi hermano Rafael se encuentra ahí dentro. —le comenta la monja mayor señalando con su dedo en dirección a un oscuro pasillo.  El señor cura se adelanta algunos pasos y a mitad de camino es aterradoramente sorprendido por doña Consuelo, la esposa de don Rafael, quien ante el inesperado encuentro con el cura da un brinco …

 

—¡Doña Consuelo…!

 

—¡Padre...!  Pero que susto me ha dado usted…!

 

—¡Pues hija… el susto ha sido mutuo...!

­­

—¿Y como es que usted ha podido entrar aquí...?

—Pues por ellas, señora… ellas me han dicho que pasara.

Doña Consuelo mira sobre el hombro del cura y al no ver a nadie, le pregunta extrañada...

 

—¿Ellas...?

—¡Las monjas…! —responde el cura con seguridad.

Doña Consuelo mira al cura desconcertada y ante la duda de aquella mirada, el cura voltea y se percata que las dos religiosas ya no están… que habían desaparecido…

—¡Vaya hombre…! pues no entiendo que habrá podido pasar con las señoras, se habrán quedado atrás... —afirma el cura un tanto confuso.

—¿Atrás...?   Disculpe padre, pero no entiendo de que me esta usted hablando.

­—¡De sus cuñadas doña Consuelo, las dos hermanas monjas de don Rafael que venían conmigo… ¡y la verdad no entiendo el porque ya no están...!

—¿Mis cuñadas…? —Doña Consuelo vuelve a mirar sobre los hombros del cura escudriñando nuevamente todo el pasillo sin ver a nadie—.  ¡Que extraño padre...!  porque Anita y Adela se encuentran ahora mismo en el convento de Uruapan con su congregación.  Hace tan solo unos minutos que hablé con ellas para darles la noticia de su hermano. —El cura frunce el ceño y se queda mirando a doña Consuelo desconfiado…

—Sin bromas, sin bromas doña Consuelo,  sus cuñadas las monjas, son las que me han traído aquí para que pudiera confesar a su hermano…  ¡y yo no miento señora…!

—Disculpe usted padre, mi intención no era dudar de usted en ningún momento, pero todo parece tan difícil en estos momentos que… —la doña interrumpe sus palabras sin saber que más decir.  Ambos se miran por espacio de algunos momentos, hasta que doña Consuelo decide no darle más vueltas al asunto y rompe el silencio…

—Mire padre, de cualquiera de las formas que haya sido, me alegro de que usted haya venido hasta aquí para confesar a mi marido...   Sígame por favor.

La mujer encamina al señor cura por el oscuro pasillo, pero durante el trayecto le surge la duda de si el padre sabría la razón por la cual su esposo se encontraba en aquel trágico estado, por lo que  detiene el paso y le pregunta…

—Disculpe usted padre… ¿Usted sabe la causa… —doña Consuelo detiene sus palabras mostrando inseguridad…

­—¿Lo que le pasó a don Rafael...? —la interrumpe el cura—.  La verdad no, señora, no tuve el tiempo de preguntar… en cuanto las misteriosas y desaparecidas monjas me lo pidieron, vine sin demora a confesar a su marido… simplemente me comentaron de la gravedad de su hermano y me trajeron hasta aquí…

 —¿Entonces no sabe usted nada...?.

—¡Que no señora…!  porque no me lo dice usted, de una buena vez…

—Pues solo se sabe que venía en el tren de la ciudad de México, y al detenerse en la estación de Lechería… alguien le disparó.

­—Vaya hombre... ¿Y como se encuentra ahora...?

—Mal padre, bastante mal.  Cuando lo trajeron ya le habían retirado las balas, pero el doctor aún teme por alguna hemorragia interna.  —El cura la mira de forma compasiva y pregunta…

 

—¿Puede hablar...?

—Mal… pero si puede padre.

—Dígame doña Consuelo, ¿realmente cree usted que don Rafael quiera confesarse...? 

 

La doña lo mira con reserva antes de contestar.

—Pues mire padre…  No está por demás que le diga que tan solo su presencia lo podría matar de un disgusto… pero Dios sabe sus caminos y lo trajo a usted hasta aquí.

El cura la mira reconociendo que doña Consuelo era una mujer culta y distinguida, y que a diferencia de su esposo, gozaba de una excelente reputación como mujer piadosa, buena esposa y fervorosa cristiana. 

—Pues dejemos todo en manos de Dios, señora.

—Muchas gracias padre… Por favor, pase usted por aquí… 

 

Doña consuelo abre la puerta y el padre percibe al entrar en aquel cuarto parcialmente oscuro un cierto olor a muerte.   Sobre la cama la figura inmóvil de don Rafael, pareciera estar muerto.  Doña Consuelo al percibir la misma sensación y se aproxima con celeridad hacia la cama de su esposo...

—¡Rafael...!  Rafael…

Después de algunos angustiantes segundos, finalmente se escucha un ligero quejido del moribundo, quien girando la cabeza le contesta a su esposa de forma despectiva y grosera…

 

—Mira vieja… si pensabas que ya estaba muerto, siento decepcionarte, porque como veras no lo estoy. —doña Consuelo mira apenada en dirección al sacerdote después de aquellas palabras de su marido, pero el cura la tranquiliza con la mirada y se mantiene a la distancia…

 

—Mira Rafael… —le dice doña Consuelo con inseguridad—. Alguien ha venido a verte… —Picazo gira su cabeza y descubre al señor cura parado en su habitación… 

 

—¡Que demonios hace éste aquí...!  

 

—Don Rafael… —interviene el cura—. He venido para que pueda usted reconciliarse con Dios…

 

—¿Reconciliarme con Dios...? Mire curita, mejor pregúntele a Dios si él quiere reconciliarse conmigo...

Sabiendo el cura que aquello era únicamente el inicio de lo que sería una verdadera lucha, intenta darle confianza y se acerca a su cama…  Al sentir la presencia del cura tan cerca, don Rafael comienza a toser ahogadamente y cuando la doña Consuelo se aproxima para auxiliarlo, el moribundo moviendo los brazos agitadamente y recitando unas cuantas maldiciones, los corre a los dos... 

—¡Largo... lárguense de aquí…!

—Rafael, por favor, habla con el señor cura… —doña Consuelo le suplica a su marido, pero Picazo con un manotazo avienta a su esposa de forma tan brusca, que la mujer casi cae al suelo… Después mirando al cura desafiante, le grita lleno de rabia:

—Lárguese de aquí, zopilote de mierda… ¡Porque si bien he podido vivir sin curas...  también sin curas puedo morir...!  

El padre se da cuenta que la situación se había puesto más complicada de lo que se había imaginado, y con un gesto de autoridad le indica a doña Consuelo que abandone lo antes posible la habitación… cosa que la mujer hace con premura pero no muy convencida.  Una vez que el cura cierra la puerta, se coloca su estola y acerca una silla junto a la cama…

—Mire don Rafael… he venido aquí para que usted se arrepienta y pueda ponerse en amistad con Dios…

Picazo lo mira con desprecio y con un gran esfuerzo abre el cajón de su buró de donde toma una pistola y la dirige amenazante contra el cura...

—Mire curita… ¡O se larga en este momento, o seremos dos los muertos aquí...! 

  Al ver el cura aquel cañón de la pistola tambaleante apuntando a su cara, retrocede y se arrincona contra la pared... 

—¡Por favor don Rafael…!

—¡Cobarde...! —Le grita Picazo con una sonrisa disfrutando aquel momento…

—¡Guarde eso don Rafael, que se puede disparar…!

—Y recuerde curita que las armas las carga el diablo…

—Mire don Rafael, cálmese que lo único que pretendo es hablar un momento con usted…

 

—¿Hablar...?  —Picazo le sacude la pistola frente a su cara— aquí la única que habla es ésta…! y le juro que va a hablar… —Picazo jala el gatillo…  ¡Bang…!  la bala se incrusta en la pared a pocos centímetros de la cabeza del cura…  La detonación provoca que doña Consuelo aparezca inmediatamente acompañada de su sirvienta...

—¡Madre mía…!  ¡Pero que pasó...! —exclama la doña mirando a su marido con la pistola en la mano… —Picazo arquea las cejas y gira el arma en dirección a las mujeres, lo que provoca que la sirvienta empiece a gritar como una loca refugiándose detrás de su patrona como si fuera su escudo…

—¡Oh se callan, o me las hecho a ustedes también...! —Picazo las encañona—. El cura reacciona ante aquella situación y con un movimiento atrevido se interpone entre el arma y las mujeres…

—¡Don Rafael, baje el arma… se lo ordeno...! 

Picazo al ver al cura parado frente a él, se ahoga de la risa con tales carcajadas que le suscita un ataque de tos que provoca que la pistola se agite en todas direcciones peligrosamente… El señor cura con ligeros empujones apresura a las dos señoras a salir de la habitación con rapidez.

—¡Salgan ahora por favor…!

—Escúcheme bien zopilote desgraciado… —Picazo se dirige al cura encañonando el arma hacia él—.  Será mejor que ahueque el ala y sea usted el que se largue de aquí,  porque éste cadáver aún se mueve y se lo va a cargar...!

—¡Tranquilo, tranquilo don Rafael…! le prometo que si usted no quiere confesarse no lo voy a molestar más, ni siquiera le voy a dirigir la palabra, simplemente permita entonces que me quede con usted… —Picazo lo encañona con mala intención…

—Se lo advertí curita… y le juro que ésta vez no lo voy a fallar...

—¡Deténgase por favor...! —el cura coloca sus manos frente a él en posición de defensa—.  Se lo suplico don Rafael, escúcheme y no dispare, que se lo puedo explicar...

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Picazo respira y al momento que intenta tirar del gatillo,  un gesto de dolor aparece en su rostro, que le obliga abajar la pistola para llevarse la mano al estómago…

 

—¡Ya vio lo que hizo...!  —Picazo le muestra la mano manchada de sangre al cura…

—¿Yo...?  —responde el cura sorprendido…

—Escuche esto desgraciado… y escúchelo muy bien porque no lo voy a repetir.—Picazo dice aquellas palabras de forma amenazante mostrándole la pistola—.  Tiene seis palabras para decirme lo que tenga que decir y se larga, ¿entendió…?  ¡Seis…! porque a la séptima me lo echo. —el cura con un movimiento de cabeza acepta…

—Si usted tan solo bajara esa pistola don Rafael... todo sería más fácil.

—Mire desgraciado, le dije que tenía seis palabras y ya se las acabó…

—¡Está bien, está bien...! ­—replica el cura—.  Mire don Rafael, siendo sacerdote me ha tocado confesar a mucha gente antes de su muerte… por tal motivo, he podido presenciar el momento mismo en que sus almas se van al cielo...

—¡Y..! ¡Que me quiere decir con eso...! —le contesta Picazo apresurando al cura.

 

—Lo que le quiero decir don Rafael… y por favor no me lo vaya usted a tomar a mal, que me ha tocado estar presente al instante en que muchas almas son llevadas al cielo después de la confesión, pero que nunca he podido estar en el momento en que un alma es arrebatada al infierno… por lo que le pido me permita estar con usted... —Al escuchar aquello, Picazo sujeta el arma con ambas manos apuntando al cura quien simplemente cierra sus ojos…

 

—Sabe una cosa pinche curita… nunca había escuchado de nadie tan irreverente petición,  por lo que déjeme decirle que ahorita mismo se va ir usted a visitar a su patrón antes que yo… ­—La pistola queda temblando en las manos de Picazo apuntando al cura,  pero sorpresivamente la deja caer sobre la cama y comienza a llorar…

 

Al escuchar aquel llanto desconsolado, el cura abre los ojos y se sorprende de ver llorar aquel hombre como si fuera un niño… El cura se acerca y con dos dedos mueve la pistola de la cama como si fuera un escorpión y la coloca sobre el buró…

 

—Padre… —dice Picazo entre sollozos—.  Usted me conoce, usted sabe lo que hice y que por ello no tengo perdón de Dios…

 

—Dice usted bien don Rafael, todos conocemos lo que hizo, pero también conozco la misericordia de Dios.

 

—¿Misericordia…? cual misericordia padre si yo se que me he fregado a muchos en el camino… ¡Pero lo de José, padre…! Lo de José ni yo mismo me lo puedo perdonar,  ¿ como diablos me lo puede perdonar Dios...?

 

—Usted está hablando de justicia don Rafael, y yo hablo del amor de Dios; del amor de un padre que perdona cosas que la justicia no perdona.  Y la confesión don Rafael, no es un acto de justicia, sino un acto de amor.   Por lo que le pido que se de usted la oportunidad de experimentar la misericordia de Dios, y me de a mi la oportunidad de ejercer mi ministerio como sacerdote —Picazo se limpia bruscamente algunas lágrimas de la cara y baja la vista antes de comenzar hablar…

 

—José era un niño bueno padre... y yo siendo su padrino me lo eché… ¿Y sabe por qué padre…?  Porque no quiso renunciar a su fe.  ¿Ahora dígame, padre, si usted cree que la misericordia de Dios me puede perdonar semejante pecado…?

El cura ve en las palabras de aquel hombre que lloraba frente a él, el dolor que había guardado durante aquellos años…

 

—Mire don Rafael,  el amor de Dios es más grande que cualquier pecado, lo único que Dios pide para perdonarlo, es nuestro arrepentimiento y la humildad para pedir perdón.

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—Le juro padre que yo no quería matar al muchacho,  pero José no me dejó alternativa… Busqué muchas maneras para poder salvarlo, pero ninguna fue más grande que su deseo de ir al cielo.  ¿Ahora que si usted dice que Dios puede perdona todo, ayúdeme padre y le pido que escuche mi confesión…  Hace ya más de tres años de su muerte y el dolor que siento en mi alma me atormenta como si fuera ayer…